Hay camino aún por recorrer y dificultades que solventar, pero a priori suena bien

No quieren vivir en residencias, no quieren irse a casa de los hijos, no quieren tampoco que estos se trasladen a la suya ni desean estar pendientes de esos pequeños detalles que van marcando de una u otra forma el envejecimiento. Prefieren el sistema del ‘cohousing’ basado en una comunidad de personas adultas, de entre cincuenta y setenta años, con buena salud, que optan por viviendas colaborativas, con espacios absolutamente privados, pero con zonas, actividades y servicios comunes, además de un exquisito cuidado de las relaciones personales. Se supone que si se unen a un mismo proyecto personas de edades parecidas, partidarias de la socialización, que están rondando el final de su vida laboral activa o ya están jubiladas, que no presentan dependencia, que disfrutan en compañía, ya sea una conversación, una audición musical o el ejercicio físico y que buscan unas buenas dotaciones, manteniendo su independencia, la cosa puede funcionar. 

 No es, por ahora, un sistema demasiado extendido, pese a sus aparentes ventajas, entre otras cosas requiere un desembolso económico importante a la hora de buscar el espacio adecuado para esas viviendas colaborativas y los servicios de los que quiere dotarse. Un grupo de palentinos está trabajando en ello y parece haber avanzado lo suficiente como para concretar muchos de sus aspectos. Su proyecto se denomina El Jardín de las Angélicas porque es en las instalaciones de ese antiguo colegio donde se asentaría este ejemplo de cohousing. Entusiasmo no les falta a sus promotores, pero ciertamente queda mucho por hacer, entre otras cosas constituir una cooperativa gestora y encontrar más socios que hagan factible la inversión, la construcción y la dotación de servicios. Porque disponer de enfermería, podología, fisioterapia, peluquería, gimnasio, vestuarios, lavandería, almacenes, administración y zonas comunes de comedor y cocina a pie de tu casa no es desde luego barato ni asequible para cualquier renta, de forma que si en vez de diez, son veinte los socios, los costes podrán distribuirse y el proyecto hacerse más pronto una realidad tangible.

Los promotores tienen claro que quieren afrontar de manera comunitaria y colaborativa ese proceso de envejecimiento activo, pero también son conscientes de las dificultades y de los inconvenientes que es preciso solventar antes de llegar ahí. Por eso están dispuesto a rebajar la edad a los cuarenta y a convertir El Jardín de las Angélicas en una experiencia intergeneracional, en la que los más veteranos y los más jóvenes puedan intercambiar experiencias, ayudarse mutuamente y contribuir a un mejor funcionamiento general. Queda camino, pero no suena mal a priori.

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Jardín de las Angélicas